Almogávares

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BanderaEspaña.png Este artículo contiene una alta dosis de humor español.
Si no eres de esta casta tierra, probablemente pierdas el tiempo leyendo esto.


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Un soldado de Almogáravares

Provenientes fundamentalmente del Pirineo, los almogávares eran “la más perfecta representación de un español” que uno pueda imaginarse; no está claro si nacían de mujer (española, por supuesto) o directamente de la tierra, y hay que decir que existe una importante discusión doctrinal al respecto. Algunos eximios teóricos consideran que si metiéramos en un pozo un par de revistas porno, un escapulario, un vídeo con las mejores jugadas de Julio Salinas, una piedra, una piel de toro y seis litros de vino y lo regáramos con más vino, indudablemente a los pocos meses saldría de él un almogávar de pura cepa. Otros dicen que sólo con la conjunción clara de dos españoles, siempre y cuando practicaran el coito bajo una bandera de España, pueden darse las condiciones para que surja un almogávar, el cual naturalmente al nacer ya es bajito, achaparrado, con bigote y cejijunto. A los pocos minutos de nacer, normalmente, el niño almogávar se pondría a soltar yoyah a todo el que le hubiera mirao mal, a continuación rezaba sus oraciones y luego se tomaba unos chatos y se iba de putas; a fin de cuentas, eso es lo que hicieron a lo largo de su vida pública.

[editar] Historia

Sea como fuere, los almogávares eran tropas mercenarias utilizadas por Pedro III en sus conquistas sicilianas y que jugaron un papel singularmente importante en la reconquista llevada a cabo por la Corona de Aragón. La táctica de los almogávares consistía normalmente en la utilización de todo tipo de armas arrojadizas contra el enemigo (lanzas, cantos rodaos, cuerpos de enemigos que se encontraban por ahí…), paso previo a la lucha varonil del cuerpo a cuerpo, en la cual soltaban yoyah a ritmo de cante jondo y haciendo tiempo para echar después una siestecilla en el campo de batalla.

[editar] Presentación

Con estas cartas credenciales, Roger de Flor, comandante en jefe de los almogávares, al terminar la reconquista en España y las campañas de Sicilia se ofrece (tal cual) al Emperador de Bizancio, Andrónico, exigiendo a cambio de sus servicios un par de fruslerías: la mano de su hija María, de dieciséis añitos, el nombramiento de “mega dux”, que suena como supermoderno, y un pastón en concepto de servicios prestados para él y los suyos. Temeroso de lo que podría pasar si rechaza la oferta, Andrónico, acosado por los turcos, acepta, y en 1302 los almogávares llegan a Constantinopla con 2.500 combatientes y (atención) sus mujeres e hijos, contabilizando un total de 7.000 personas, en la mejor tradición de la camaradería y generosidad hispánicas, que desde entonces vivirán a costa del emperador, quien pagará alojamiento, comidas, aperitivos, vinillo y francachelas.

[editar] Trama

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Aprecien su ferocidad!

En un par de años los almogávares reparten chapapote a los turcos por todos lados y recuperan casi toda la costa de Asia Menor para Bizancio, hasta llegar al punto en que, aburridos (tengan presente que los turcos apenas presentaban oposición, de forma que en batallas como la de Filadelfia, por ejemplo, los almogávares sólo pudieron exterminar a 18.000 soldaditos, sí sí, 18.000, una nimiedad para 2.500 españoles como Dios manda), se plantean fundar su propio reino en Asia Menor a partir de las conquistas efectuadas a los turcos. Viéndolas venir, el emperador Andrónico se inventa el bulo de un supuesto ataque búlgaro a Constantinopla para obligarles a volver a la capital, con el consiguiente cabreo de los almogávares al descubrir el engaño. Roger de Flor, un hombre moderado y amante del consenso, acepta no tomar represalias a cambio de una fruslería: toda la Anatolia bizantina para él y los suyos como feudo (nominal, claro, que un español, en la práctica, hace por principios lo que le parezca justo y acorde a su honor, o sea, lo que le salga de los huevos), y los almogávares se disponen a marcharse; el nivel de chapapote sanguinolento estaba descendiendo peligrosamente, pues hacía meses que no mataban a nadie, y su hombría comenzaba a resentirse.

Pero hete aquí que Roger de Flor, confianzudo como era, una vez ha sacado prebendas de su pasteleo con los bizantinos, acepta celebrar un banquete en su honor organizado por Miguel Paleólogo, hijo y heredero del emperador, y se va alegremente al palacio de Miguel en Adrianópolis acompañado por sus más íntimos. Pero el taimado Miguel, en mitad del banquete, da orden a sus hombres de asesinar a Roger y sus oficiales, los cuales, desprevenidos y totalmente borrachos, poco pudieron hacer. Así que los almogávares quedaron descabezados y Miguel se las prometió muy felices: “los turcos, al menos, no son españoles”.

[editar] Desenlace

Sin embargo, pronto circuló entre la tropa hispánica un sorprendente mensaje que incitaba a la venganza: “¿Andrónico de rositas? ¿Lo llaman banquete de honor y Miguel Paleólogo asesinando? Hoy 13-M, a las 18 h, en el palacio de MP. Sin mariconadas. Sangre por el honor. Suelta yoyah”, y que provocó que el ejército almogávar dejara bien claro qué ocurre cuando alguien se pasa de listo con los españoles.

Pero no se crean que aquello fue una barbarie, no, una momentánea orgía de sangre llevada por el fervor de la venganza. Bien al contrario, el natural reflexivo y sereno del español en los momentos de crisis se manifestó en toda su majestuosidad, hilando una barbarie seria, bien estructurada y, sobre todo, concienzuda: un año estuvieron los almogávares vengándose del capullo de Miguel Paleólogo, un año, señores, la “Venganza Catalana”, que no dejó piedra sobre piedra de los lugares por donde pasaban los almogávares, imprimiendo un imborrable recuerdo en los pocos afortunados que lograron sobrevivir a ella.

[editar]

Al final, los almogávares, satisfechos por un ajuste de cuentas proporcionado a la afrenta, abandonan Adrianópolis, cruzan Tracia, que también arrasan, destruyen Tesalónica y acaban asentándose en Atenas, cuyo ducado ofrecen en propiedad a su rey, de forma que, en una de estas alucinantes aventuras tan típicamente hispánicas cuyo final suele ser la conquista de un territorio absurdo, Atenas formó parte de la Corona de Aragón durante casi un siglo, dejando bien claro quién era el auténtico depositario del legado de la cuna de la civilización occidental, pero no precisamente en aquello de la filosofía y esas mariconadas, sino en soltar yoyah con singular eficacia y precisión.


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