Desde que el niño Jesus nació, Dios necesitó a alguien para molestar vigilar a su hijo y asustarlo como castigo si hacía algo humano, es decir, malo (omo el onanismo por ejemplo). Entonces tomó la cara de un aborto japones fallido, el sentido del humor del Ayatolá Jomeini y el cerebro de un creacionista, y salió el coco, quien juró hacerse amigo de todos los niños del mundo, quiéranlo o no. Pero el coco era tan feo que aterrorizaba a cualquier niño que tuviera la desgracia de encontrarse con él, cosa que fue (ab)usada por Dios para castigarlos y demostrar así su amor incondicional a la humanidad. Un día el coco notó que la puerta trasera del Cielo estaba abierta y huyó para no volver jamás.
El coco permaneció inactivo hasta mediados del siglo XX (en plena etapa hippie). Fue allí cuando el coco tuvo un nuevo empleo (aunque no le pagaban al pobre). Bueno, en realidad era lo mismo, pero ayudando no a Dios sino que a las madres que querían traumar castigar a sus hijos por no comer verduras abonadas con mierda de vaca y cosas así. Así que el coco sin malas intenciones fue para enseñarles a los niños a como portarse bien. Pasó décadas y décadas haciendo lo mismo y compitiendo con el viejo del saco.