Cormac McCarthy

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Cita3.pngHace un frío capaz de romper las rocasCita4.png
Cormac McCarthy de niño, cuando su madre le dijo si quería un abrigo al verle tiritando.
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Cormac McCarthy en el Ejército del Aire. La pasó por poner cara de velocidad al volar.

Era un 20 de julio de 1933. Rhode Island, Estados Unidos. El país pasaba el Crack del 29 sin saber que ese día se les caería otro mal encima. Nacía Cormac McCarthy. Originalmente llamado Charles, el niño, pícaro, tras una alucinación en la que se veía como un duende irlandés, decidió llevar la contraria a su padre como buen chico cambiándose el nombre a Cormac. El padre triste, y el duende feliz.

Pasaron cuatro años. El pequeño Cormac atacó a un viejo anciano con una bombona de aire comprimido. Su familia tuvo que huir, dejando al duende abandonado. Se movieron a Knoxville. Tennessee. Es decir, un lugar en medio de la nada. Encontraron una nueva vida en la que su padre se hizo abogado, donde empezó a ganar dinero defendiendo los derechos de los ladrones de trenes.

Cormac estudió en una escuela católica, en la que le dieron muchas hostias. Estuvo a punto de ser expulsado del centro por no llevar tonsura, pero fueron clementes y sólamente le crucificaron durante tres horas. Tres eternas horas en la carcomida cruz de viejo. Si hubiese tenido a mano una PSP no habrían sido tan largas.

Tras su etapa de escolar, a la universidad, en la que estudió una cosa llamada artes liberales. Por aquella época se veía anticuado eso de las artes liberales. Quizás porque debió nacer con 1000 años de retraso. La cigüeña debe despegar desde algún aeropuerto.

Al año dejó la universidad. Una llamada le llegó encima. No la de la naturaleza. El ejército. Se enroló en las Fuerzas Armadas del Aire. Su habilidad al F-16 sirvió de inspiración para la saga "Aterriza como puedas". Fue trasladado a Alaska, a ver si los osos se lo comían. No hubo suerte. Un monumento a Sarah Palin, quien aún le quedaban 9 años para nacer, le salvó. Decidió contar su hazaña por la radio. Su único oyente, el oso.

Volvió a la universidad. ¡Oh, bien! dijo. ¡Oh, no! dijeron sus compañeros. Entonces le dio la vena de escritor. Dos publicaciones: "Un incidente de borrachera", basada en una experiencia personal en el que tras una buena bebida decidió entrar en una discoteca moderna. La segunda, "Despertar de Susan". Cuento humorístico en la que cuenta todos los intentos de despertar una chica, Susan, para que supere las 200 pulsaciones por minuto. Al final Susan no lo soportó.

Por estas novelas, su primer premio. Patada en los cojones. Se deprimió y dejó la universidad de nuevo y se fue a Chicago. Fingía trabajar en un taller de autos, mas lo que hacía era escribir como un loco su primera novela. Fue despedido del trabajo a los 2 años, tras darse cuenta su jefe de que nunca vino a trabajar. Llegó a pensar si había contratado a un empleado imaginario.

Matrimonio. Sálvese quien pueda. La elegida, Lee Holleman. La conoció en aquella universidad de Tennessee. Alguien no tenía que ser malo con él y ella se encariño y se enamoró y se casaron y tuvieron un hijo, Cullen. ¿O era cullons? Dios sabrá.

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Foto de archivo policial de Cormac McCarthy. Un cuarentón no debería entrar en las discotecas ibicencas.

No tardó en llegar el día del divorcio. Ya no te quiero. McCarthy sintió que los brazos de la libertad le abrazaban de nuevo. No le gustó, prefería chocarle los cinco. Publicó "El cuidador del huerto". Al final el huerto quedará desolado por un desastre nuclear. No le bastó. Se buscó obsesiones y la encontró al recordar su amigo de la infancia. El duende. Se embarcó hacia Irlanda para buscar más duendes. Pero su sorpresa fue la de la inglesa Anne De Lisle, quien le emborrachó para casarse con él y recorrer Europa y encontrar un lugar de residencia hasta llegar a Ibiza. Tengamos fiesta contaste. Presenta "Oscuridad externa", escrito tras darse cuenta McCarthy de que si sales afuera por la noche hay oscuridad.

Al año se aburrieron de tanta fiesta. Era 1967. Su padre se había arruinado en un juicio que le obligó a moverse a Washington. El juicio a John Fitzgerald Kennedy acusado de recibir dos balazos le arruinó. El acusado no se presentó, anda en paradero desconocido desde el 62. Por su parte, McCarthy, con su mujer, volvió a Tennessee. El culpable siempre vuelve a la escena del crimen.

En el 73 presentó "Hijo de Dios". Un cura descubre que su madre le fue infiel y tuvo relaciones con el Altísimo. La primera polémica que provocó. Ya no soy virgen.

Entonces trabajó como guionista para la televisión pública. "El hijo del jardinero". Tras esa película, despedido. Para ese género ya tenían a un tal Tarantino. El despido le costó el matrimonio. Moviose a El Paso, Texas. Ahí encontraría gente de gustos similares.

"Suttree", su siguiente novela. Había tardado veinte años en hacerla. Eso sí que es aburrirse.

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Un viejo escribe un libro que es en contra de ellos. Fumada.

En 1985 saca "Meridiano de Sangre". Un plagio al cine de Clint Eastwood que le empezó a multiplicar su fama y a ganar dinero y darse a conocer. Sirvió de inspiración para Brokeback Mountain.

Y desde entonces se puso a vender libros como si fuesen coleccionables de fútbol. Patético. No puede ser de soccer, pues eso no triunfará en Estados Unidos.

1998. Se vuelve a casar. A la tercera va la vencida. O quizás no. Eso sí, tuvieron un parásito. Niño se llama a ese parásito por la gente común.

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El susodicho con esa sonrisa pícara típica de viejo verde.

En 2005 sacó "No es país para viejos", estropeada posteriormente en la gran pantalla. Gracias, Javier Bardem. Y después vino "La carretera", en la que pronostica un feliz porvenir al ser humano. Mejor que el presente es. En el futuro no habrá truchas. Gracias a ese libro se llevó el Premio Pulitzer 2007. Soborno. Nunca le den la espalda.


Aún espero ese Premio Nobel que me deben desde hace tiempo. ¿Cuántos escritores escriben sin dividir en capítulos o secciones? Los fantasmas de J. D. Sallinger y de Ernest Hemingway me miran con envidia. Le dije a Loretta que se acostase con el presidente de Suecia y tener un voto de favor y una influencia y así ganar. Mas sólo me llevé un bofetón. Su marca en mi mejilla es como el laberinto de nuestras vidas que recorremos. Hay caminos con meta y otros sin ella y en ese caso no queda más que darse la vuelta o tomarse las pastillas y probar suerte.

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