Incijuegos:Star Wars, el juego de rol/sith2

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De paseo a Korriban

Tydiriumcasual.jpg

Será una nave insignia del viejo Imperio Sith, pero si vuelas casual no notarán nada raro.

Está hecho, te has convertido en un tierno y manejable Aprendiz Sith. Repentinamente notas que primero, eres un sith en el Templo Jedi, junto al tal Darth Emorrhoids, que segundo, quieres orinar, y que, tercero, nunca más verás a la belleza de pechos grandes. O mejor dicho, estás en la misma situación que al tener seis estrellas de búsqueda en algún Grand Theft Auto, solo que jugándolo ebrio y llorando porque tu novia te dejó. Afortunadamente, nadie sabe quiénes son, al menos por el momento.

—Ahora, mi aprendiz, debemos irnos. Acabo de recordar que dejé mi cena en el horno, y un sith con la cena quemada no es algo agradable.
—Para algo tienes los rayos freidores sith, ¿no? - Lo miras, sabiendo de primera mano las propiedades culinarias de dichos rayos.
—Es que no quiero que por mi culpa quiebren las compañías de gas. Además, si todos supiesen que la tormenta de rayos sith sirve para cocinar, en vez de ser el terror de la galaxia, seríamos el terror de las franquicias de restaurantes de París, así como de los locales de comida rápida. Imagina, hamburguesas hechas en ocho segundos, todo gracias a la Fuerza. No quiero que sea mi destino, mi joven aprendiz. Ahora sígueme, tenemos que reunirnos con alguien.

Eso haces, así que sigues al terrorífico sith por los pasillos del Templo Jedi. ¿Acaso este tío no piensa cambiarse la túnica? Es que es negra, oscura, con crítpicos dibujos rojos. Muy llamativa. De repente, señala con sus esqueléticas manos al exterior del templo. Una nave, sí, eso señala. Una curiosa y para nada llamativa Lanzadera Imperial Tydirium. Pensabas que habían dejado de manufacturarse hace mucho tiempo, cuando Palpatine había muerto, pero no, al parecer aún existen. Perfecto, escaparán en un modelo de nave insignia del antiguo Imperio. Sutilezas fuera, ¿no?. Al lado de la nave, ves una figura también envuelta en una túnica. No tienes ni la más puta idea de quién es, pero en vez de escupirle la cara a tu maestro e irte a tomar con el holograma de Winston Churchill que tienes encerrado en tu armario, dices a todo que sí con voz de adolescente emocionada. Repentinamente, una voz os sobresalta a ti y a tu maestro.

—Alto ahí.

Reconoces la voz. Sabes que tanto tú como tu maestro, si se dan vuelta serán historia.

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