Incilibros/Batman y Robin: Novela rosa

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Cita3.pngNecesita más suspenso e inteligencia. De ser posible unos cuantos asesinatos misteriosos. Yo hubiera incluido, también, al Opus Dei, alguna conjura del Vaticano, y de ser posible, alguna reminiscencia a los Templarios.Cita4.png
Dan Brown en una carta dirigida a la editorial Inciclomedia.
Cita3.pngDespués de leer esta magnífica obra de arte decidí hacer público mi secreto.Cita4.png
Ricky Martin haciendo declaraciones a una revista de espectáculos.
Cita3.png¡Qué hermosa historia! Yo quería hacer una así en los cines, pero los moralistas no lo permitieron.Cita4.png
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Una apasionante historia de amor.

La última novela inédita de Corín Tellado. Por sus páginas desfila una serie de personajes perversos y malvados; la intriga, el drama y el amor prohibido se confabulan en una gran historia tejida en el marco de una ciudad siniestra y oscura.

Hoy, como homenaje póstumo, la editorial Inciclopedia se complace en presentarles la última producción literaria de esta dama que supo trazar con su pluma exquisita los más atrevidos y audaces argumentos.

Sabemos que esta historia le atrapará... por eso vamos a dejar de hablar sandeces para que usted, hombre culto y conocedor de las buenas letras, se deje envolver por esta historia.

[editar] Capítulo I: El dilema de ser vampiro

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Alfred. Viejo cascarrabias que siempre se mete en la vida de Bruno.

Cualquiera diría que mi vida está colmada: soy rico, tengo un físico envidiable, soy cinta super-negra en todos los estilos de combate que existen, tengo un IQ de 10 000, no tengo padres que me atormenten con sus sermones de siempre... Sin embargo, algo no me deja estar en paz. Camino desconsolado por esta mansión lúgubre y solitaria, y de cuando en vez oigo la tos del viejo Alfred: es una tos seca, rítmica y molesta.

¡El viejo Alfred!

Escuchándole toser pienso en la eutanasia... Sería divertido, me digo, pero luego pienso que es una mala idea. Si Alfred desaparece, ¿quién me lavará la ropa interior? ¡No! ¡Qué espanto! Mejor que se quede. Prefiero escuchar su tos vieja y metódica, tos de inglés resignado... al menos él me hace compañía.

¡Eso es! Ya conozco la causa de esta pesadumbre del alma: es la soledad. ¡Maldita soledad! Cuánto diera por tener alguien con quien charlar, alguien que escuchara mi aterciopelada voz y me comprendiera. ¡Qué triste estoy esta noche! Lo único que me llena es cortarme las venas... ¿Dónde he dejado la vieja y oxidada navaja de afeitar?

¡Qué hermoso filo! ¡Qué hermosa navaja! ¡Su hoja plateada brilla a la luz de esta luna roja! ¡Se siente tan hermoso cortarse la piel! ¡Sí... nadie me quiere, nadie me entiende, todos me odian! ¡Quiero comerme un gusanito!

Amo Bruno, la cena está servida.

¡Maldita sea, Alfred! ¿Cuántas veces te he dicho que no entres a mi habitación cuando estoy cortándome las venas?

El viejo Alfred me ha interrumpido como siempre. Es lo que odio de ese viejo decrépito: siempre llega en el momento menos oportuno. Cuando jovencito no podía tardar más tiempo de la cuenta en el baño porque empezaba a tocar la puerta y a preguntar qué tanto hacía... Será mejor dejar esto de cortarme las venas para más tarde, mejor bajo a cenar y a mirar la tele para olvidar las penas.

Amo Bruno, con el respeto que usted me merece, quiero informarle de que está manchando el mantel de sangre— dijo Alfred en la cena.

Yo lo miré como diciéndole: "¿Es que no ves que me corté las venas? ¿Qué querías, que en vez de sangre botara agua?" Pero lo único que dije fue...

¡No se preocupe Alfred! El encargado de lavar la ropa luego lo lava y ya. ¡Asunto arreglado!

¿Debo recordarle al amo que soy yo el encargado de lavar la ropa?

Pero yo no quiero responderle. No estaba de ánimos en esa noche maldita.

Lo veo triste, amo. ¿Qué le pasa?

Alfred había terminado de cepillar mis zapatos. Le conté que me sentía solo, que no tenía con quién conversar, que esta lúgubre mansión se sentía más grande y más sola conforme pasaba el tiempo. Él se levantó y me dijo que yo necesitaba divertirme, y me señaló el periódico donde se anunciaba una función circense.

Salga a divertirse— me dijo.

Camino a mi habitación. Son las doce de la noche, la luna está llena y escucho a los lobos aullar con el frenesí de aparearse. Tomo un libro de un ciencia ya olvidada y me siento a leer, pero entonces algo golpea mi ventana. La abro y un vetusto vampiro, de los viejos días ya idos, entra volando, se posa en el dintel de la puerta y dice: ¡Nunca más!

"¿Nunca más?", repito asustado. El vampiro posa en mí sus ojos enrojecidos y dice:

¡Nunca más! Nunca más vuelvo a beber sangre... lo juro por mi mamacita, esta vida ya no me gusta, ¡desde ahora soy un vampiro anónimo!

Entonces comprendo lo egoísta que he sido y me digo: Si el friki de Peter Parker pudo ser héroe, ¿por qué no lo podré ser yo? Y decido convertirme en un súper héroe, así, al ser admirado por todos, al ser el centro de atención de todos, me sentiré mejor y ya no estaré tan vacío por dentro. Le doy un beso al vampiro y antes de dormir me digo: ¡Mañana al circo, pasado mañana ser súper héroe!

[editar] Capítulo II: La vida circense

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Vampiro que inspiró a Bruno Díaz.

El circo estaba repleto de hombres y mujeres arrobados por el espectáculo. Ya habían desfilado los elefantes, los payasos habían hecho sus piruetas, y el hombre bala había sido lanzado desde el fondo de la pista contra una red insignificante que atravesó sin mayores dificultades, para incrustarse contra una señora gorda de la tercera fila; pero de todos, el acto que más me había llamado la atención había sido el del mago que, frente al público atónito y estupefacto, se cambió de sexo en vivo y en directo.

Estaba inquieto meditando en mi decisión de ser héroe. "¿Será eso lo que necesito? ¿Aliviará mis penas?" Las preguntas iban y venían. Ojalá Alfred haya terminado de bordar mi capa. ¡Viejo cascarrabias! Según él, la artritis le impide tejer. Y con eso de que está casi ciego y no puede enhebrar la aguja... Por poco se sale con la suya, pero por fortuna lo amedrenté. Sólo espero que ya haya concluido.

Hubo un redoble de tambores y el presentador anunció el acto culminante de la noche:

Damas y Caballeros. Niños y Niñas. Negros y Blancos. Gordos y Flacos. El circo Hermanos Fuentes Gasca se complace en presentar a los únicos, los inigualables, los inmejorables, los fantásticos Robinsones y su inigualable número en el trapecio.

Levanté la vista y pude ver, cuadro a cuadro, cómo un joven esbelto, de traje ajustado que resaltaba sus dotes varoniles, de tez blanca, cabello negro azabache y ojos oscuros como la noche, volaba confiado por los aires de un trapecio a otro. Los suspiros de las personas, al borde del shock nervioso, se escuchaban lejos. El tamborileo era un tum-tum fantasmagórico y cansado. Todo parecía haber desaparecido; lo único que podía mirar era la atlética y esbelta figura del joven que volaba.

Pero un grito estremeció el circo. Los trapecios, excepto el del muchacho aquel, se rompieron, y todos los Robinsones dieron con sus huesos contra el suelo, salpicándolo todo de sangre.

El público, maravillado, se puso en pie y aplaudió frenético tamaño realismo. El único que no hizo nada fui yo: algo dentro de mí me decía que debía conocer a aquel joven.

[editar] Capítulo III: La función debe continuar

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Los Robinsones eran la atracción principal del circo.

La lluvia arrasaba Ciudad Gótica.

Estacioné el auto detrás del circo, por donde debían aparecer los artistas para dirigirse a sus camerinos ambulantes. Uno a uno fueron saliendo los payasos, el mago ahora convertido en mujer, el hombre bala, los enanos, los elefantes, los cruzrojistas cargando los cadáveres de los Robinsones, y por último salió el muchacho aquel.

Bajé del auto, y acercándome cauteloso al joven, lo tapé con mi enorme paraguas negro y le hablé de la tragedia y sobre su futuro.

El joven, que resultó ser bastante amigable, me dijo que de todos modos los Robinsones siempre le habían caído mal y que esa misma noche pensaba fugarse del circo y dedicarse a algo más tranquilo.

No sé — dijo al final, — quizás me haga superhéroe.

Entonces le dije que fuéramos a mi mansión, que también quería ser un héroe y que solamente necesitaba un compañero.

¿Cómo te llamas?— pregunté por fin.

Y el muchacho dijo: —Robín... ¿Por qué cree usted que nos hacíamos llamar los Robinsones?

En la noche de lluvia, y conduciendo por Ciudad Gótica, aquel nombre tuvo una resonancia particular en mis oídos.

"Robín", dije para escuchar la sonoridad del nombre... y diciendo eso me di cuenta de que estaba enamorado.

[editar] Capítulo IV: Nacen los héroes

El viejo Alfred no estuvo de acuerdo con traer a un joven de procedencia dudosa a la mansión, y tampoco estuvo de acuerdo cuando le ordené tejerle un traje a Robín. Pero bajo la amenaza de enviarlo al asilo de ancianos, Alfred terminó por aceptar y se puso a bordar un nuevo traje.

Como buenos héroes, empezamos a entrenar cada día. Nos levantábamos muy temprano y salíamos a correr, hacíamos dos horas de gimnasio, nos perfeccionamos en Mortal Kombat, Mario Bros y Pac-Man, y al final del día, estando en calzoncillos, entablábamos luchas en aceite. Robín no estaba muy de acuerdo con estas luchas, pero yo lo convencí de que era absolutamente necesario.

El pobre Alfred era el único que no daba abasto, pues luego de terminar de tejer los trajes, le pedí excavar en la roca a fin de construir una bati-cueva.

Y así iban pasando los días. Yo cada vez estaba más enamorado de Robín, y Robín cada vez más deseoso de lanzarse a la vida aventurera de los superhéroes.

Cuando todo hubo acabado, compré un auto y lo refaccioné. Ya estábamos listos para lanzarnos a combatir a los villanos. Ya íbamos a ser héroes.

En nuestra primera salida nocturna, llevé a Robín a un hermoso mirador. Las estrellas brillaban, la luna iluminaba tenuemente la escena, abajo se podía ver la enorme masa negra de Ciudad Gótica.

Robín no estaba muy seguro de lo que hacíamos en aquel paraje, pero yo le ponía suavemente la mano en la pierna y le decía que no se preocupara, que todo iba a estar bien, que desde allí nos daríamos cuenta cuando sucediese algún problema en la ciudad.

Robín estaba concentrado mirando la ciudad. Pero yo estaba un poco nervioso, hablaba más de la cuenta y reía y me acercaba a Robín, pero luego me retiraba asustado. Al final, armado de valor, dije entrecortando las frases:

¿Sabes, Robín? Antes... antes de ir al circo y conocerte... me sentía un poco solo... La casa era oscura, grande... lúgubre... pero desde que llegaste a mi vida... digo, a mi mansión... no sé, como que hay más luz... hasta Alfred se ve mejor... ya no me siento solo.

Robín me interrumpió y me pidió que guardara silencio: había captado la señal de la Policía y escuchó que se estaba cometiendo un robo en un banco.

Tuve que guardarme las confesiones y no quedó más que ir a capturar a los malhechores.

[editar] Capítulo V: La cumbre del éxito

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Los góticos son los habitantes de ciudad Gótica

El primer trabajo fue un éxito. La banda de ladrones resultó ser un grupo de indigentes, que fueron apresados y enviados a la cárcel de ciudad Gótica. Los periodistas empezaron a especular sobre quiénes serían aquellos héroes enmascarados.

Pronto aparecieron más criminales e igualmente todos eran despachados rápidamente. No había fallos. La eficiencia con que actuábamos era prodigiosa, ningún criminal escapaba a las garras de los caballeros de la noche.

Pronto se creó un club de fans. Todos querían conocernos en persona, por tal motivo muchos dignos góticos (o sea, ciudadanos de Ciudad Gótica) decidieron dedicarse al crimen, así, aunque fuera de este modo, podrían conocer a sus amados héroes.

Los miembros de las altas esferas sociales empezaron a invitarnos a grandes recepciones y cócteles. Yo siempre iba y me comportaba con moderación, pues al fin y al cabo él siempre había sido de clase alta; pero Robín, en cambio, no sabía cómo comportarse: confundía los tenedores, combinaba mal los vinos y las carnes, no sabía colocarse la servilleta y casi siempre terminaba borracho y bailando la Macarena.

Una vez incluso intentó sacarse su máscara, pero afortunadamente se lo impedí al tiempo que le decía que era mejor que nos marcháramos ya.

Las fiestas en realidad no me preocupaban. Lo que sí me molestaba era la cercanía de Robín a la hija del Comisionado Gordon. Cada vez que acudían a una fiesta y ella estaba allí, no hablaba. Los celos me quemaban por dentro. Pero Robín se abalanzaba sobre la hija del Comisionado Gordon y la impresionaba con los relatos de sus aventuras. La joven reía de buena gana con esas historias, abrazaba a Robín y le hablaba al oído. Todo muy bonito y tierno.

[editar] Capítulo VI: La gota que derramó el vaso

Todo continuaba relativamente bien.

Los malhechores eran apresados por nuestro equipo (bajo la identidad de Batman y Robín. claro está), continuábamos asistiendo a fiestas, y Robín continuaba cultivando su amistad con la hija del Comisionado.

Cierta noche, en una fiesta en la casa del Alcalde de Ciudad Gótica, Robín estaba más locuaz de lo debido con la hija del Comisionado. Esto me enfurecía, pero tenía que guardar las apariencias, así que me retiré a hablar con el Comisionado acerca de la ejecución del Acertijo.

El Comisionado se entretenía en los detalles: me explicaba cómo antes de morir, el Acertijo se arrepintió de sus pecados y pidió la confesión con un cura. También imitaba las muecas que hacía el Acertijo cuando lo estaban electrocutando. Todos reían de buena gana. Todos menos yo, que había notado la desaparición de Robín, la Hija del Comisionado y el Batimóvil. Esto, naturalmente, me hizo pensar lo peor; me excusé de la fiesta y salí a buscar a los jóvenes.

Los encontré en el mirador que ve a Ciudad Gótica. No pude evitar recordar que en ese mismo sitio casi le declaro mis sentimientos a Robín. Estaban dormidos. No dije nada, me retiré a mi oscura mansión y me encerré allí.

Al otro día Robín llamaba a la puerta para ir a correr.

La puerta estaba cerrada y yo no daba señales de vida. Esto, claro, extrañó a Robín, así que decidió empujar la puerta. Un olor a alcohol inundaba toda la habitación. Estaba en el suelo, despeinado, con la ropa llena de vómito y llorando como un niño, no, como un bebé.

Al ver a Robín no pude contenerme y le grité. Le llamé desalmado, ingrato, mal amigo, rata de dos patas, escoria de la vida.

¿Por qué no me quieres? ¿Es que estoy muy gordo? ¿Es eso, verdad? Sí, soy obeso... lo sé... y me veo horrible, y por eso no me quieres... ¿por eso prefieres a esa anoréxica?

Robín sonrió y dijo: —¡Ah, era eso...!

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Terry Richardson Batman and Robin (1998).jpg

Toda historia tiene un final feliz y esta no es la excepción

Es de noche.

Han pasado apenas tres días desde la fiesta.

El Batimovil cruza ciudad Gótica a gran velocidad.

Subimos hasta el mirador. La ciudad duerme, apagan los motores.

Tengo una serie de reproches para Robín, pero éste me mira y me dice:

Tontito… estaba fingiendo para darte celos nada más.

FIN


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Artículo destacado

Este artículo ha sido destacado en la Portada por decisión popular.

Los rumores sugieren que sus autores fueron instruidos
por el mismísimo Miguel de Cervantes.

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