Incilibros/Borrador de Crimen y castigo

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Extracto del borrador de la obra Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski fechado en algún año antes de la muerte del escritor.


Rodion Romanovich Raskolnikov. Erre que erre insistía en crearse un mundo a su medida. Siempre recordaba con emoción su primer amor. Se trataba de un caracol común que vivía plácidamente en una col debajo de la ventana de su habitación. Todas las mañanas bajaba corriendo por las escaleras raudo, casi siempre a punto de arrollar al sirviente que a esa hora subía a cambiarle las sabanas que meaba con puntualidad diaria. Se dirigía al jardín trasero saltando la valla como un felino mientras los trabajadores lo veían pasar y se intercambiaban miradas de suspicacia. Allí estaba, un hermoso ejemplar Helix Pomatia de caparazón lustroso y atenas jueguetonas. Más tarde tuvo que dejar la casa del campo y mudarse a la ciudad debido a un trabajo que había conseguido su difunto padre.

Esa experiencia le había enseñado a sortear los peligros con un instinto que ni siquiera controlaba, de forma mecánica unos procesos mentales comenzaban a funcionar como el traqueteo de un tren. Siempre alerta, siempre atento, hasta del más pequeño detalle.

 
—¡... así que usted no tiene derecho a entrar en mi casa y acusarme de tan horrendo crimen!
—Discúlpeme Rodion Romanovich Raskolnikov, pero estoy aquí porque usted me envió un mensaje a la comisaría invitándome a que viniera ya que decía que tenía algo muy importante que decirme.
—¿De verdad? Independientemente de que eso sea cierto, Piotr Petrovich Luzhin, no me debería atosigar, ya que soy su amable anfitrión. De hecho no tengo guardado las joyas que le robé a la vieja usurera en un agujero de mi habitación.
—¿En que agujero ha dicho?
—Yo no he dicho nada de ningún agujero.
—Pero si le he oido mencionarlo ahora mismo.
—No dudo que lo oyera, pero yo no dije eso.
—Pero Rodion Romanovich Raskolnikov, si no duda que lo oyera, entonces porque insiste en que no lo dijo con tanta vehemencia, cualquier policía novato pensaría que oculta algo.
—¡Pero no oculto nada mi querido Piotr Petrovich Luzhin! Lo que ocurre es que lo que usted cree que oyó no se corresponde en absoluto con lo que yo dije.

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Crimen y castigo.jpg

¡Demonios Rodia!

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—Ah, ¿pero entonces que fue lo que dijo?
—¿Cuándo?
—Justo antes de que yo le preguntara "¿En que agujero ha dicho?"
—¿Está seguro de haberme hecho esa pregunta mi querido Piotr? Le llamó Piotr porque ya la empiezo a coger afecto y creo que los formalismos están de más. No, no ponga esa expresión, le respeto demasiado como para aceptársela. Le ruego que usted mismo me trate por el apelativo de Rodia.
—Rodia, entonces. Sí, estoy seguro de haberle hecho la pregunta en este sentido.
—¿Está seguro al cien por cien?
—Sí, Rodia. Estoy seguro al ciento diez por ciento?
—Perdone la indiscrección, pero... ¿Ciento diez por ciento es más que cien por cien?
—Hasta donde yo sé, sí. Así es.
—Entonces reconoce con ese "hasta" que su conocimiento tiene un límite.
—Claro, claro. Estoy sumamente y gustosamente de acuerdo con usted.
—Tuteeme, si me hace el favor.
—Faltaría más, pero tuteeme usteda a mi también.
—Sin ningún problema, pero empiece usted primero.
—¿A qué, si se puede saber?
—Ya no lo tengo tan claro...
—Pues mejor lo dejamos para otro día.
—Estoy de acuerdo, no le veo ningún inconveniente, pero... ¿quién soy yo? ¿Rodia o Pietr?
—Piotr.
—¿Cómo?
—Digo que el nombre era Piotr, no Pietr.
—Ah, ¿entonces usted es Piotr?
—No, simplemente digo que ese es el nombre.
—¿Dónde está la puerta de salida?
—Ahora mismo me voy.

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[editar] Trasfondo de la escena

Para este capítulo existe un final alternativo como homenaje a la obra El diablo de Tolstói que se podrá ver en los extras del DVD que su familia póstuma está preparando. En ese final, unos payasos de circo irrumpen en la habitación entrando por la ventana terminando con la entrevista de Rodia y el detective de la policía por medio de botes de gas lacrimógeno. Es conocido por referencias en una serie de cartas cruzadas de Fiódor Dostoyevski con su muy buen amigo León Tolstói. En ese final alternativo los dos interlocutores aceptan que el destino es un río de fuerte corriente y empujados por las circunstancias deciden sellar su destino con un humedo beso con lengua y sabor a café requemado.

El impávido Harold Bloom encuentra en este borrador un arquetipo shakesperiano que encumbra el canón literario occidental hasta las cotas más altas que la mentalidad humana han llegado jamás a expresar de una forma tan lírica.

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