Incilibros/Obama el Bárbaro

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Conan el bárbaro sobre este artículo.
Cita3.pngY luego me preguntan por qué me suicidéCita4.png
Robert E. Howard sobre los plagios a su obra.

[editar] Capítulo I: El Niño de la Selva

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En las profundidades de la Selva Negra nació el futuro Gran Rey que algún día gobernaría sobre las naciones bárbaras desde el trono del Gran Imperio. Surgido entre las candentes arenas del desértico reino de Kush en las profundidades del continente negro habitado por caníbales, salvajes, fieras y horrores indecibles. El bullicioso tam—tam de los tambores tribales dentro de la aldea no dejaba de sonar, pues la Vieja Bruja, la chamana de la tribu, había vaticinado que aquel niño llegaría más lejos que ningún otro africano. Su madre rompió fuente y el líquido amniótico emergió turbulento como las aguas del Nilo salpicando a todos los presentes; curanderos, ancianos de la tribu, chamanes, curiosos, paparazzi y arrimados. El viejo curandero casi ciego intentaba inútilmente hacerla pujar sin saber que estaba lejos de la madre tocándole las partes privadas a la vieja bruja (la cual no quiso corregir al médico de su error). Una vez apropiadamente reubicado el médico-brujo inició las salmodias rituales moviendo el talismán emplumado en la vagina de la futura madre para bendecir al niño ante los espíritus de la tribu y pronunció las palabras mágicas: badabín badabán.

—¡Hiiijoooo de la grandísima…! –comenzó a maldecir la madre conforme los dolores de parto la torturaban y luego pronunció palabrotas aún más fuerte en todas las lenguas que conocía y que competían con los respetuosos rezos del médico-brujo. Finalmente una cabecita negra salió por allí derramando la sangre de su madre sobre el suelo.

¡Y así nació! Emergiendo del vientre blanco de su madre albina rugiendo furioso en un llanto amedrentador. Su padre tomó al niño en brazos y este de inmediato lo orinó en la cara. Su orina se despilfarró por toda la choza empapando a todos los presentes como una lluvia dorada.

—Es una buena señal –dijo el médico-brujo mientras se saboreaba el salado líquido que le había caído en los labios— significa que este niño llegará tan lejos en el mundo como su orina llega lejos en esta habitación y algún día orinará a toda la humanidad, pues su corazón es fuerte como sus riñones.

Entonces la Reina Madre, anciana vieja y curtida, matriarca de la tribu, se aproximó a su hijo que sostenía al bebé en brazos y le jaloneó el hombro insistentemente.

—¿Cómo lo vas a llamar? ¿¡Como!? ¿Me estás oyendo inútil? ¿¡COMO COÑOS LO VAS A LLAMAR!?

El Rey Tribal irritado e impaciente le dijo:

—Oh… va ma…

Y creyendo que ese nombre había elegido para el infante la tribu empezó a repetir:

—OBAMA OBAMA OBAMA OBAMA OBAMA…

Y así nació una leyenda.

Así creció el pequeño Obama en una tribu de primitivos cazadores y recolectores, adoradores del dios Crom, y que eran además bravos guerreros salvajes. Desde pequeño tuvo instintos rebeldes y nunca aceptó bien las indicaciones de su padre, las cuales detestaba. Que catalogar las semillas, que traer agua del pozo, que bañar al elefante, que colorear los tótems porque ya se están despintando, que lavarle los pies callosos a la abuela porque ya le está saliendo pus, que ponerle fango en los hemorroides a los ancianos de la tribu, que decapitar a los enemigos de la tribu cuando se les derrota en batalla… en fin, una serie de detestables tareas que tenía que hacer cualquier valeroso guerrero que se prestara. Obama sin embargo se escapaba de estas labores y prefería recostarse en medio de helechos y estiércol de rinoceronte a orillas del Nilo para poder ver pasar las aguas y pensar en una sociedad mejor, más justa e igualitaria.

—¡Ah por Crom! –se dijo— ¿es que no hay algo mejor para un negrito como yo?

Ya se dirigía su padre a regañarlo por acostarse en el estiércol de rinoceronte en vez de limpiarlo como le había ordenado cuando las cavilaciones del joven niño y la rabia de su padre fueron interrumpidas por una temible estampida de corceles.

A la proximidad de la aldea llegaban a toda prisa los horribles guerreros blancos del Imperio de Gwash-Ingtong en las tierras del Norte. Una temible fuerza sanguinaria que había cometido toda clase de atrocidades y perpetrado varias guerras preventivas. Su fama, o mas bien su infamia, eran bien conocidas a lo largo de toda la tierra Hiboria. Era el Reino de Gwash-Ingtong el mismo que había destruido Babilonia después de acusarlos de la tenencia de armas de destrucción masiva como catapultas, que resultó ser mentira, pero tras destruir la civilización babilonia, se robaron todas sus riquezas y mujeres, y luego ahorcaron a su líder el Rey Asadamupal Hussemurabi III.

Los habitantes de este reino eran conocidos por diferentes nombres entre los pueblos esclavizados y masacrados. Algunos los llamaban yankis por el sonido de ¡yank! ¡yank! que producían sus espadas al chocar en los huesos de sus víctimas. Otros los llamaban gring-gos por el sonido de las cadenas que colocaban a sus esclavos. Pero muchos, la mayoría, los llamaban hijos de putas.

Los yankis eran comandados por un líder brutal, el general Shub-Gorg, un sujeto de notoria estupidez pero brutalidad y crueldad implacables. Su amplia frente de neandertal era coronada por una tiara negra con forma de serpiente, un collar con los testículos petrificados de sus enemigos colgaba de su cuello (entre ellos los del antiguo rey babilonio), tenía también un cinturón de cráneos humanos y su arma más temida; un gigantesco y mortífero Gran Garrote, en su mano derecha. Shub-Gorg parecía un gigante de tiempos prehistóricos, grande, horrible y sobre todo, bruto.

—Hear me now –dijo Shub-Gorg— we come in peace. Surrender now and be our slaves and nothing wrong will happen to you. We’ll take to our land and give you hamburgers and Coca-Cola, as a fair exchange for your slave hand-work and your women for our sexual pleasure. *Si usted no habla inglés, hemos conseguido un traductor para usted: Hoygan benimos en pas. Los vamos a yevar a comer taquitos y burritos a kanbio de q les demos una grin car.*.

La tribu de Obama no entendía una palabra de aquella extraña lengua que los yankis asumían debía ser conocida por todos los pueblos. Pero la madre de Obama que había sido comprada a una caravana blanca hacía muchos años en una oferta especial en el mercado de pulgas, entendía el idioma y tradujo:

Dicen que nos llevarán a un lugar muy bonito donde nos tratarán muy bien a cambio de una que otra tarea.

La joven mujer intentaba calmar los ánimos, pero el padre de Obama respondió airadamente con ademanes hostiles y escupiendo en el suelo, dijo:

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El altivo padre de Obama con la corona que lo identificaba como jefe tribal

—Primero muertos que dejar que estos imbéciles asquerosos nos lleven. Mil veces los maldigo blancos asquerosos, juro por la tumba de mi padre que primero les cortaré las bolas y colgaré sus cabezas como trofeos en mi choza antes que dejar que ustedes pongan un dedo encima de nuestras mujeres y niños. Les escupo, rufianes. Tradúceles eso.

La mujer obedeció y les dijo (imagine que fue en inglés):

—Bienvenidos, para nosotros es un gusto tenerlos aquí en nuestra aldea. Rara vez tenemos invitados tan honorables como ustedes. Como muestra de mi aprecio y respeto aquí tienen mi saliva, símbolo de mi vitalidad y el honor más grande que puedo darles.

Los gringos, complacidos por las muestras de respeto del cacique, se rieron desdeñosamente y aplaudieron, y luego dijeron.

—Very good. We are glad that some little primitive savages like you undesrtand our greatness. We may go and leave you bunch of fucking cavemen alone if your king kiss my feet and you give us annually an offering of 80% of your harvest and preys and young women. *Traducción: Queremos firmar un TLC con ustedes*

La madre de Obama tradujo:

—Dicen que reconocen la grandeza incomparable de tu poderío y, sobre todo, de tu enorme, descomunal y gigantesca… hombría. Irán a decirle de tu grandeza a su emperador y para probarles que eres un guerrero magnífico, necesitan pruebas como lo sería un ejemplo del mucho grano que hemos recolectado, de los muchos animales que hemos cazado y de lo muy satisfechas sexualmente que están nuestras mujeres, por lo que deberán llevarse una muestra representativa.

—Me parece muy razonable –dijo el Rey Tribal complacido. —Dile que acepto el trato y como símbolo de mi respeto le voy a regalar mi pertenencia más preciada y que además me es muy útil, mi burro. Dile que puede tener mi burro.

La mujer tradujo:

—He said you can have his ass.

La incauta mujer no sabía que ass significa también culo, en la lengua de los extranjeros, y este malentendido cultural provocó la desgracia. Los yankis interpretaron aquello como un insulto y arrasaron la aldea. El fuego consumió todo a su alrededor, las humaredas podían verse hasta Sodoma, la sangre empantanó los suelos y tiñó de rojo las aguas del río y los pocos nativos que sobrevivieron –entre ellos el joven Obama— fueron convertidos en esclavos y llevados encadenados al interior del Imperio Yanki.

[editar] Capítulo II: La Torre del Elefante.

Convertido en un esclavo desde su pequeña infancia, el pobre Obama fue destinado a la galera de un barco donde debía remar todo el día junto a otros esclavos encadenados acompañados del incesante ritmo del tambor tocado por un gordo y calvo capataz. Los azotaban constantemente y les daban un tazón de bazofia al día, pero podía ser peor

Sin embargo, el tiempo transcurrió y Obama pasó de ser un niño a ser un joven, pero musculoso a punta de jalar un remo pesado todos los días de su vida durante muchos años. Observó al esclavo al lado suyo, un anciano decrépito que apenas soportaba el remo y que ya no tenía dientes pero sí una larga y gris barba. Nunca le había hablado en todos esos amargos años, aunque si tenía que aguantarse sus flatulencias. Cuando pidió al negrero que lo flagelaba que le cambiara de lugar con alguien menos apestoso, recibió por respuesta un par de azotes.
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La malvada Reina del Hielo; dice la leyenda que sangre fría corría por sus venas, permitiéndole sentarse semidesnuda en la nieva sin sentir frío

—¡Por Crom! ¿Hasta cuando tendré que soportar esta miserable vida?

Entonces, a oídos de Obama que ya conocía la lengua de los yankis, llegaron las palabras de dos guardias.

—No se que le pasa a la vieja loca esa. Creo que se va a morir.

—Pues si se muere vamos a tener problemas. El marido nos va a culpar y a lo mejor nos manda a ser devorado por cocodrilos. ¿Y estás seguro que no es síndrome premenstrual? Ya sabes como se pone…

—Sí, insoportable. Le da por fustigarnos por cualquier cosa. Pero no, estoy seguro que no es eso. Quien sabe que tiene… creo que le cayeron mal los ostiones. Se va a morir…

—Yo se como curarla –gritó Obama. Los guardias lo miraron burlones.

—¿Qué has dicho desgraciado infeliz asqueroso y miserable? –preguntó el guardia enfurecido y con el látigo preparado para proporcionarle una dura paliza.

—Que yo puedo curarla. Mi tribu tenía amplios conocimientos curativos.

—Ah excelente –dijo el guardia sonriente— no te había entendido. Pensé que en vez de curarla habías dicho… no importa. ¡Liberen a este hombre! Si cura a la señora será libre… y si fracasa… será alimento de los tiburones.

En cuanto liberaron a Obama, que era muy honrado, volvió a ver al que tocaba el tambor incesantemente y le preguntó a los guardias:

—¿Tengo que darle propina al de la música?

Obama fue llevado ante la reina a la cual pertenecía el enorme barco empujado por remos y manos esclavas. Una fina cortina sedosa separaba a su señoría del resto y la cabina donde dormitaba estaba techada para protegerla del candente sol mediterráneo. En su interior, recostada sobre un camastro lleno de almohadones y abanicada por dos esclavas negras, estaba la señora Lady Hilaria, dueña del barco. Compungida por el dolor y sudorosa por la fiebre, Obama se le aproximó. Tras examinarla bien, ordenó que le trajeran ciertas hierbas, mucho vino y orina de camello.

—Está bien –dijo el guardia— las hierbas que pides están en la cocina y el vino en la bodega. El problema es que los camellos que tenemos guardados en el establo no han orinado.

—¡Pues denles de beber mucha agua y dejen de molestarme! –ordenó Obama con una autoridad inusual. Algunas horas después le traían todo lo que pidió. Se bebió el vino, mezcló las hierbas con la orina de camello y se la dio a beber a Lady Hilaria.

La mujer se recuperó casi milagrosamente y al recobrar el sentido preguntó:

—¿Quién es este negro que me ha salvado?

—Obama –respondió él.

—Pues por mi dios Monesvol, ahora te concedo la libertad.

—Gracias, mi señora –agradeció Obama rezándole a Crom para que no le dijeran que acababa de beber orina de camello y que las hierbas eran para disimular el sabor.

Y así llegó Obama hasta las tierras de Zamora, la ciudad de los ladrones, en el Imperio de Gwash-Ingtong, donde lo esperaba su señor, el esposo de Lady Hilaria, quien ostentaba muchos títulos; Duque de Hazard, Conde de Chócula, Conde del Guácharo y Señor de la Ciudad de los Ladrones y de la Gran Muralla Calle de la Bolsa de Oro, apodado el Semental Insaciable; Vil Calientón.

Calientón tenía un enorme harén en donde había coleccionado a algunas de las mujeres más hermosas del mundo. Otras no tanto… y otras eran realmente feas… pero con que fueran mujeres bastaba. Calientón se encontraba en ese preciso momento recibiendo un trabajo bucal de una de sus esclavas predilectas.

—Así que este es el hombre que salvó a mi esposa –dijo Lord Calientón levantándose de su fino camastro dorado y dándole unas palmaditas en la espalda a Obama— ¡bienvenido! He decidido ascenderte ahora que ya no eres esclavo para que seas guardián de mi harén. ¿Te interesa?

—¡Claro que sí, mi señor! –respondió entusiasta.

—Para ello deberás convertirte en eunuco.

—¿Eunuco? ¿Qué es eso, mi señor?

Entonces Lord Calientón le explicó susurrándoselo al oído. Obama maldijo. ¡Por Crom! Al menos de esclavo podía conservar su wiwi.

Obama fue enviado a los calabozos a esperar el momento en que le correspondería ser convertido en eunuco. Una larga fila de desgraciados se encontraban a la espera del momento en que les harían una circuncisión extralarge y los gritos de dolor que seguían el sonido de un hacha pequeña rebanando la carne inundaban el mausoleo. Obama temblaba ante esta expectativa tan horrible y entonces una luz fantasmal lo cegó.

Obama se cubrió los ojos y observó hacia el techo de su celda, frente a él un extraño espectro resplandeciente se manifestó.

—¿Crom? –preguntó.

—No, Obama –respondió— no soy Crom. Soy el espíritu de un antiguo emperador de Gwash-Ingtong. Morí asesinado por querer liberar a los esclavos. Fui muerto con una flecha traicionera mientras observaba a los gladiadores en el coliseo. En vida me llamaban Ab-Haram-Linkon. He venido a liberarte porque así podré cumplir contigo mi sueño de liberar a todos los esclavos del reino.

Y mágicamente los grilletes de Obama se abrieron. Este, complacido, agradeció al espíritu y escapó lejos.

—Ahora deberás ir al centro del poder del Imperio; la Torre del Elefante. Un lugar horrible y oscuro, habitáculo de la más indecente corrupción, crueldad y perversidad. Donde hechiceros poderosos y maléficos planifican como perpetrar los peores crímenes, las guerras más sangrientas y los actos más sucios que les permitan cimentar su dominio del mundo.

—¿Pero como podré yo solo derrotar a esos monstruos?

—Pronto lo verás.

[editar] Capítulo III: La Reina del Hielo.

Cita3.pngLas antorchas llamearon lóbregamente sobre las tertulias en el Túmulo, donde los ladrones del Este el carnaval han sostenido antes de terminar la noche. En el Túmulo ellos podrían estar de juerga y rugir como a gusto, ya que la gente honesta evitó los cuartos, y guardas, bien pagados con monedas ensangrentadas, no interfirió con su deporte…Cita4.png
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Obama sonriente, tras haber salvado la vida de su ama

En las tierras nevadas regidas por la cruel Reina del Hielo, temida en todo su reino por su maldad, su crueldad y su tiranía, se congregaban los Elegidos; la élite del Imperio Yanki, quienes regían con puño de acero a las pobres piltrafas de esclavos y plebeyos.

La Reina del Hielo era bien conocida por su maldad. Había llevado a la extinción a los renos, bisontes, esquimales y demócratas, y gustaba de tomar doncellas entre los campesinos como sus concubinas (pero nunca se casaba con ellas porque estaba opuesta al matrimonio homosexual).

El símbolo de los Elegidos era un elefante, pero el de la Reina del Hielo era un mamut. Por cierto que eran dos mamut los que jalaban su trineo mediante el cual recorría los parajes de su reino supervisando que sus súbditos fueran lo más miserables posibles. Fue allí, en la Torre del Elefante, donde se realizaba la asamblea de los Elegidos.

Allí, entre los Elegidos, se encontraban los peores y más crueles tiranos del mundo; el guerrero brutal Shub-Gorg, el hechicero malvado Jon Makan, la ya mencionada Reina del Hielo y, quizás el peor y más cruel de todos, el malévolo Emperador Shub I el Padre. Eran servidos por dos esclavas negras llamadas Kondoliza y Michel.

—Bienvenidos sean todos mis queridos hermanos —anunció el Emperador — hoy celebramos nuevos triunfos sobre nuestros enemigos. Nuevas victorias en distintas guerras preventivas en todo el mundo. Nuestra lucha por llevar la civilización a todos los confines del planeta está dando resultados excelentes y, claro, por civilización nos referimos a robarles sus recursos y traerlos para acá.

—¡Here! ¡Here! —celebraron.

—Mis hermanos, el día de hoy me corresponde escoger a aquel que debe sucederme en el trono del Imperio. Ese alguien está entre ustedes… ¿Debería ser mi hijo quien, a pesar de su estupidez lleva mi propia sangre? ¿Debería ser la Reina del Hielo quien me ha dado diversos favores sexuales? Pues no, he escogido como mi sucesor al hechicero Jon Makan y nada tiene que ver el hecho de que me maldijo y solo me quitará la maldición si lo nombro sucesor.

—¡Que viva el nuevo emperador! —clamaron todos y brindaron con buen vino. Makan se regocijó de su triunfo.

—Gracias, gracias, Su Majestad el futuro ex Emperador —dijo — quiero anunciar también que, como mi mano derecha en la conquista por el trono quiero nombrar a la Reina del Hielo para que sea mi vice-emperatriz en el día y amante en la noche.

—¡Here! ¡Here! —celebraron de nuevo todos, incluyendo a Shub II quien no se había dado cuenta aún de que había sido desplazado. Talvez algún día lo sabría.

—¡Majestad! ¡Majestad! —llegó diciendo el capataz de los esclavos, un extra con un rostro deforme — mi Señora, un bárbaro rebelde está cabalgando en burro hacia acá y viene decidido a darles muerte a todos ustedes.

—¡Pero que es esto! —clamó Shub I — ¿una revuelta recién nombrados? Muy mal en el currículum.

—Láncele el ejército de osos polares… —ordenó la Reina del Hielo.

Obama el bárbaro se vio forzado entonces a combatir a poderosos osos polares gordos y bien entrenados, aunque no hambrientos pues comían a menudo disidentes políticos y ecologistas que les lanzaba la Reina del Hielo.
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Obama combatiendo a la malvada Reina del Hielo

En pocos minutos estaban convertidos en alfombras y en la lista de especies en peligro de extinción.

—¡Hay que detenerlo a como de lugar! —clamó furioso Shub I.

—Déjenmelo a mí —adujo Makan y haciendo algunos terribles conjuros mágicos de gran oscuridad, convocando fuerzas infernales, Makan le lanzó a Obama un dragón gigante escupe-fuego de color escarlata.

Obama no se amedrentó, sino que se enfrentó al dragón y lo mató, descubriendo que en realidad era un gordo en una botarga púrpura.

Así, llegó Obama el bárbaro hasta las puertas de la Torre del Elefante, las cuales abrió de una patada voladora, y llegó hasta el salón del trono donde se congregaban los Elegidos rodeados por dos negras semidesnudas y cubiertas solo por taparrabos que les servían de esclavas, y emitiendo un fiero rugido guerrero Obama arremetió contra aquellos infames tiranos. Primero se enfrentó a Shub II quien pensó que aquel negrito era el repartidor de pizza y fue decapitado en cuanto se acercó a darle la propina. Su cabeza rebotó por el suelo produciendo un sonido hueco. Luego arremetió contra el Emperador Shub I ensartándole la espada a través del pecho llenándose de sangre ahora solo restaba matar a Makan y a la Reina del Hielo.

Makan le lanzó toda clase de espíritus malignos; un unicornio rosa invisible, un calamar gigante extradimensional, un político honesto y otros seres mitológicos inexistentes, siendo todos derrotados finalmente por aquel bravo guerrero quien luego descuartizó a Makan con una fulminante derrota. A partir de entonces estarían prohibidas las supersticiones mágicas e irracionales.

—Valiente guerrero, me rindo ante tu poder —dijo la Reina de Hielo —tú y yo gobernaremos juntos sobre el vulgo y haré todo lo que me pidas. Seré tu mano derecha y además calentaré tu cama en las noches —le dijo aquella insidiosa villana. Obama se dejó llevar por aquella seducción sin percatarse mientras besaba a aquella malvada mujer que ésta extraía de entre su cinto una afilada daga.

—¡Obama cuidado! —gritó la esclava negra Michel y se lanzó contra la Reina de Hielo quitándole la daga y enterrándosela en el cuello, poniendo así fin a su maldad.

—¡Me has salvado! —reconoció él. —Ahora te desposaré y juntos gobernaremos el Imperio Yanki…

—Y a mi que me parta un rayo —rabió la otra esclava Kondoliza.

Tomó a Michel que estaba semidesnuda al igual que él, la acercó a su pecho musculoso de duros pectorales, y cargándola en brazos se la llevó al balcón desde donde proclamaría el final del régimen tiránico y el inicio de una nueva era. Fue aclamado por las masas de trabajadores hambrientos y pueblos sometidos y así se cumplió la profecía de la Bruja. Obama se convirtió en el nuevo emperador que pondría fin a la opresión, la desigualdad y la recesión económica… bueno, por un tiempo.

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Obama derrotó al hechicero Makan y se quedó con la esclava Michel

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